Hacia el colapso.
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| Mancha 94. Tintas y lejía. 1994. |
Hacia el colapso
Abrid bien, dilatad las pupilas. No hay
espanto, sino luces. El gesto de la mano trabajadora, traduciendo en movimiento
lo que en la mente bulle, trazo, mancha, garabato, por mostrar otros espacios,
otros colores que serán usuales, cotidianos cuando las contaminaciones
seleccionen, más aptas, otras frecuencias. La precisión del pulso que previene
capilaridades, filtraciones, promueve azares, fractales caleidoscópicas, no por
casualidad, sino por accidente buscado.
Estallan supernovas, más luminosas que
toda una galaxia. Y se generan sinestesias. Sientes sin percibirlo un aroma,
colorines ausentes, el sonido bajo de la vibración del origen y de las
transformaciones, quimera de roedor y zorro. Y pareidolia. Verás rostros en las
nubes, duendecillos que viven contigo, habitándote, y los proyectas; paisajes
oníricos, no siempre claro el abajo y arriba, nebulosas de infiltración,
siempre vegetales fantásticos, grietas telúricas, uniones firmes, óvalos,
óvulos, celulares, prolíficos, generando pedruscos, algas laminares, levaduras,
universos.
Tras la aparente quietud, se agita el
cambio, se anticipan evoluciones. Nada es estático, inerte. Se curva el tiempo
sobre los espacios curvos, y se enlentece, y se alargan los intervalos, midiendo
lo mismo. Es otra la perspectiva. Mirar desde dentro, hacia dentro, con
atención interiorizada. Va siendo cada vez más preciso inventar nuevos ámbitos,
no por novedosos o utópicos, sino por lo necesario de fantasear, soñar otras
pesadillas, insoportables las que imponen los dueños y los aparatos.
Se agrietan las tierras, resecas o
abusadas, amarillean los cielos, se plastifican las aguas océanas, se licúan
las aguas fósiles, aumentan todas las brechas, se agotan todos los recursos, y
vislumbrar otros horizontes es conveniente para la supervivencia. Sólo desde el
caos, germen del orden cósmico, se entiende lo caótico. Nada es nítido, ni
simple, aunque no sea continuo, sino la difícil membrana de las elipses, las
imprescindibles espirales, pájaros, alas. Ni milagros. Sin horror, con belleza.
Las dos caras del humano exceso. Las dos, útiles, nos mantienen a flote.
Tiempos de colapso llegan. La estética no nos librará del cataclismo. Pero la
fantasía mantendrá la esperanza, mientras ejercitemos la capacidad de soñar
otros mundos, que, al desearlos, serán posibles. En sucesivas olas arribarán
simientes novedosas. Germinarán, sin duda, hasta en las piedras.



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